Esta bosta se iba titular "El dislate del castigo inmerecido" pero un encuentro con un taxista chilletas me inspiró a que brincara yo de una bosta de frases idiotas a una de esas en las que quedo desprestigiado.
Pero me estoy adelantando. Vamos por el principio.
Una vieja notable por ser más bondadosa que Gandhi sufrió una embolia, fue a dar al hospital y después de varias intervenciones quirúrgicas ahora enfrenta el resto de su vejez postrada en una cama y con signos evidentes de retraso mental.
Una vecina suele expresar su perplejidad ante la situación lamentable de la vieja:
- Por más que hago no entiendo por qué fulanita está sufriendo tanto. Si ella siempre ha sido muy bondadosa.
Ayer iba yo a la chamba reflexionando sobre ese disparate de suponer que cada cosa que le ocurre a uno es parte de un plan de beneficios o castigos dependiendo del comportamiento que se tenga (como si diosito o el universo estuviera muy al tanto de la vida pitera de cada uno de nosotros), cuando me subí a un taxi por Mixcoac.
- Vamos a Las Aguilas por Barranca del Muerto – indiqué al señor que iba agarrado al volante.
Habíamos rodado 100 metros cuando el señor taxista me preguntó a dónde íbamos. Yo, creyendo que estaba tratando con un tonto o un sordo, repetí lento y alto mi destino.
- Es que traigo la cabeza ... – se excusó el señor taxista haciendo un gesto de como si le estuviera creciendo la choya.
Mi estrategia de mirar a lontananza por la ventanilla para expresar mi desinterés en el asunto no funcionó y el señor taxista continuó.
- Es que me acaban de asaltar.
Miré al señor taxista por el retrovisor y noté que estaba a punto de echarse a llorar.
Pregunté dónde había sido el asalto y me dijo que recogió a su asaltante pensando que era persona decente en el eje 8 y que en las calles sinuosas de la Portales lo asaltó.
- Es la primera vez que me pasa – me dijo entre lágrimas.
Recordé la primera vez que me asaltaron y me solidaricé.
- Es lamentable. No queda más que denunciar y seguir adelante con los ojos más abiertos.
El señor taxista continuó contándome su ordalía.
- Para acabarla de amolar, le hablé al dueño del taxi y le dije que me diera chance de darle lo de la cuenta mañana y que en todo lo que tengo de manejar el taxi no le he quedado mal. Me dijo que lo del asalto es problema mío no de él y que le llevara la cuenta o le entregara el taxi. Tengo que verlo en media hora joven ¿de dónde voy a sacar 200 pesos en media hora? ¿Porqué me pasa esto? ¿Qué mal hice? No me lo explico - dijo gimoteando.
Así como hay a los que se les salé el chairo interno a mí se me salió lo escépticocomebebes y expresé en voz alta varias de las consideraciones en las que venía yo pensando. Mutatis mutandis dije:
- Es deplorable y encabronante ser asaltado. Y tener de patrón a un hijodeputa al que lo único que le importa es la cuenta sólo añade indignación a la situación. Pero tratar de hallar la solución al pedo en el que estás metido buscando una deuda moral que te esté cobrando Dios, el karma o el puto destino es una enorme idiotez. Y además es inútil. Igual de inútil que salir a la calle vestido de blanco veanquépacíficosoy agarrado a una vela y entonando el Himno Nacional como mantra para que las autoridades resuelvan en unos meses una situación que está así porque lo hemos permitido durante el último siglo. Para resolver la pobreza y las profundísimas diferencias, que son la causa de que un cabrón vea como opción asaltarte o secuestrarte para hacerse de 3 pesos, no basta cacarear como imbécil "yo no cuestiono a México" e "iluminemos México" y continuar con la cabeza metida en el suelo esperando que la guerrita de Calderón y cia contra la delincuencia milagrosamente funcione. Pero divago. Puedo ayudarte. Nomás dame el teléfono de tu patrón para confirmar tu historia y te voy a dar los 200 pesos que necesitas.
Cuando terminé mi perorata el taxista ya no lloraba. Me miraba con los ojos abiertos como platos y en vez de darme el teléfono de su patrón para que yo pudiera convencerme de que lo que me decía era cierto, me corrió de su taxi. Jo.
sábado, 30 de agosto de 2008
jueves, 28 de agosto de 2008
Pinches distros chaquiriscuetas
Después de batallar configurando mi máquina con CentOS 4, Fedora nosequéputas y SUSE 10.3, me decidí por dejar instalado Ubuntu; la única distribución linuxera en la que pude echar a andar en dos clicks lo que importaba:
a) el wifi para bostear muy a gusto desde el baño, y
b) el soporte NTFS para DD externos para acceder ami pornografía mis documentos de soporte escéptico.
Ahora sí, este blog regresa a su programación normal.
pd. Faltó poquito para que me regresara a güindous xp. Esta experiencia sirvió para comprobar que para volverse linuxero no se necesita ser gurú sino sólamente muy pinche necio.
a) el wifi para bostear muy a gusto desde el baño, y
b) el soporte NTFS para DD externos para acceder a
Ahora sí, este blog regresa a su programación normal.
pd. Faltó poquito para que me regresara a güindous xp. Esta experiencia sirvió para comprobar que para volverse linuxero no se necesita ser gurú sino sólamente muy pinche necio.
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domingo, 24 de agosto de 2008
Se necesitaba un desastre en mi disco duro ...
... para que mandara a güindous a chingar a su madre y me decidiera a instalar un CentOs que usaba para nivelar la mesa del comedor.
Ya mero regresa este blog pitero a su programación regular. Tan pronto como su servilleta, avezados lectores, aprenda cómo echar a andar el wireless en CentOs de esta vetusta pero confiable Dell 700m para bostear sentado en el baño (que es como se han escrito los 577 posts que lleva este blog).
Ya mero regresa este blog pitero a su programación regular. Tan pronto como su servilleta, avezados lectores, aprenda cómo echar a andar el wireless en CentOs de esta vetusta pero confiable Dell 700m para bostear sentado en el baño (que es como se han escrito los 577 posts que lleva este blog).
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avisos
domingo, 17 de agosto de 2008
La Isla Príncipe Eduardo vol 2
I
Vivir en la ciudad de México tiene grandísimas virtudes. La que más aprecio yo es que enfrenta, al que regresa a ella después de un viaje por otras latitudes, con la siguiente ineludible cuestión:
- Chale, ¿era completamente indispensable que regresara?
Cuando platico de esta característica de la ciudad de México con paisanos, que en toda su vida conocerán del DF lo que a mí se me olvida en un sólo día, estos se paran de pestañas y me proponen:
- Pues lárgate a vivir a (aquí va el sitio del que yo recién voy llegando).
En el caso de mi retorno más reciente me dan muchas ganas de seguir su consejo.
II
Decía en la bosta previa que la lupe y yo rentamos un coche en el que nos lanzamos a las carreteras de la Isla Príncipe Eduardo. Al día siguiente de que llegamos a Summerside salimos hacia el norte a un pueblito que se llama O'Leary en busca de una tienda especializada en quilt que la lupe había encontrado en su guía turística de PEI.
Al llegar a O'Leary estuvimos estudiando por varios minutos el mapa del pueblo hasta que comprendimos que lo que buscábamos estaba a nuestras espaldas. Entramos a la tienda de quilt, que es una artesanía consistente en que varias mujeres se juntan a coser en una colcha retazos de tela con resultados interesantes y carísimos. Miramos las colchas de quilt -comprarlas rebasaba nuestro presupuesto de viaje- y nos fuimos.
Tres cuadras después encontramos una maravilla de la museografía contemporánea: El Museo de la Papa. Entramos.
Ahí aprendí a) de las variedades peruanas que los conquistadores llevaron a Europa, b) que la escena en Elizabeth La Edad de Oro en la que Raleigh lleva una papa a la corte es más falsa que una moneda de 3 pesos, c) de la cantidad de acres que en PEI se destinan a sembr zzzzzzzzz....
Otro aspecto interesante del Museo de la Papa es que alberga también un museo de sitio de la población de O'Leary cuyo material ha sido donado por las familias de la región. Había material muy interesante pero lo que más me llamó la atención fue una lavadora de 3 ciclos de hace 100 años. De madera.
Después de O'Leary fuimos a un lugar que se llama West Point que es el nombre con que los isleños, gente muy lista, llamó al punto más al oeste de la isla.
Camino a West Point pudimos contemplar algunas decenas de generadores de electricidad eólicos. Mirándolos a lontananza no se veían tan grandes pero pudimos ver a unos camiones que llevaban las piezas con las que iban a armar uno. Para transportar sólo un aspa se necesitaba un trailer con dos remolques.
En West Point encontramos un faro que también es museo y entramos. Aprendí muchas cosas de los faros pero lo que más me llamó la atención fueron las historias de ruina, muerte y destrucción de los naufragios cuando se descomponía el faro. Si yo hubiera sido guardián de un faro seguro me habría divertido mucho apagándolo durante las tormentas. Jo.
Después bajamos a la playa y metimos las patas al golfo de St Lawrence. Nos dio frío.
La lupe entonces propuso que fuéramos a un lugar que se llama isla Lennox. Ahí habían vivido los mikmaq, los primeros habitantes de PEI. Fuimos y no hallamos a los mikmaq pero si a un chingo de mosquitos. Rebauticé a la isla Lennox como la isla del mosco y aventuré la hipótesis de los mikmaq se habían extinguido devorados por los mosquitos.
Al otro día regresamos a la región de Cavendish a que la lupe terminara de ver los sitios donde nació, creció y escribió Lucy Maud Montgomery. Una de las recomendaciones que hacen los canadienses al visitante de esos parajes bucólicos es que uno use su imaginación. Hice caso a lo que me decían pero en vez de imaginarme las historias de Lucy Maud Montgomery nomás pude visualizar que detrás de cada árbol había agazapado un isleño con máscara de hockey y machete.
Pasamos por Charlottetown a comer y a mirar la Casa de la Provincia, donde se sentaron en 1864 un montón de señores y después de mucho comer, beber y discutir decidieron que era buena idea formar la Confereración Canadiense.
Eso de la confederación nos recordó que hacia el sur había un puente -el Puente de la Conferación- famoso por ser el más largo construido sobre aguas congeladas. En verano las famosas aguas no tienen nada de congelado pero el puente aún así es impresionante. En el camino paramos por otro pueblito llamado Victoria donde hacen chocolate. Me recordó al que sirven en el azul y oro de la UNAM.
El último día que pasamos en PEI había que regresar el coche, en Charlottetown. Pudimos ver un embotellamiento canadiense pues el centro de Charlottetown estaba cerrado por el desfile de verano. Dejamos el coche y arrastramos las maletas hasta el B&B del centro. Luego nos dispusimos a ver el desfile. Muchas gaitas, muchos globos y muchos himnos de asociaciones religiosas desfilaron, pero no ví que desfilara la Asociación Escéptica de la Isla Príncipe Eduardo.
Y ya. Comimos, caminamos por un parque genial que se llama Parque Victoria, contemplamos una casa antigua y famosa que parece de terror que se llama Beaconsfield y vimos irse por la bahía a un carguero petrolero mientras nos enfrentábamos a la idea de regresar.
III
Escribía Lucy Maud Montgomery -la escritora por la que la PEI es famosa en medio mundo- que la Isla Principe Eduardo es el lugar más bonito del mundo. Cuando leí eso yo lo atribuí a un provinicialismo enternecedor que seguro se habría curado la autora de haber viajado más lejos y más seguido.
Estaba yo en un error pues PEI en verano es uno de los mejores lugares en los que uno puede estar.
pd. Fotos en la próxima bosta.
Vivir en la ciudad de México tiene grandísimas virtudes. La que más aprecio yo es que enfrenta, al que regresa a ella después de un viaje por otras latitudes, con la siguiente ineludible cuestión:
- Chale, ¿era completamente indispensable que regresara?
Cuando platico de esta característica de la ciudad de México con paisanos, que en toda su vida conocerán del DF lo que a mí se me olvida en un sólo día, estos se paran de pestañas y me proponen:
- Pues lárgate a vivir a (aquí va el sitio del que yo recién voy llegando).
En el caso de mi retorno más reciente me dan muchas ganas de seguir su consejo.
II
Decía en la bosta previa que la lupe y yo rentamos un coche en el que nos lanzamos a las carreteras de la Isla Príncipe Eduardo. Al día siguiente de que llegamos a Summerside salimos hacia el norte a un pueblito que se llama O'Leary en busca de una tienda especializada en quilt que la lupe había encontrado en su guía turística de PEI.
Al llegar a O'Leary estuvimos estudiando por varios minutos el mapa del pueblo hasta que comprendimos que lo que buscábamos estaba a nuestras espaldas. Entramos a la tienda de quilt, que es una artesanía consistente en que varias mujeres se juntan a coser en una colcha retazos de tela con resultados interesantes y carísimos. Miramos las colchas de quilt -comprarlas rebasaba nuestro presupuesto de viaje- y nos fuimos.
Tres cuadras después encontramos una maravilla de la museografía contemporánea: El Museo de la Papa. Entramos.
Ahí aprendí a) de las variedades peruanas que los conquistadores llevaron a Europa, b) que la escena en Elizabeth La Edad de Oro en la que Raleigh lleva una papa a la corte es más falsa que una moneda de 3 pesos, c) de la cantidad de acres que en PEI se destinan a sembr zzzzzzzzz....
Otro aspecto interesante del Museo de la Papa es que alberga también un museo de sitio de la población de O'Leary cuyo material ha sido donado por las familias de la región. Había material muy interesante pero lo que más me llamó la atención fue una lavadora de 3 ciclos de hace 100 años. De madera.
Después de O'Leary fuimos a un lugar que se llama West Point que es el nombre con que los isleños, gente muy lista, llamó al punto más al oeste de la isla.
Camino a West Point pudimos contemplar algunas decenas de generadores de electricidad eólicos. Mirándolos a lontananza no se veían tan grandes pero pudimos ver a unos camiones que llevaban las piezas con las que iban a armar uno. Para transportar sólo un aspa se necesitaba un trailer con dos remolques.
En West Point encontramos un faro que también es museo y entramos. Aprendí muchas cosas de los faros pero lo que más me llamó la atención fueron las historias de ruina, muerte y destrucción de los naufragios cuando se descomponía el faro. Si yo hubiera sido guardián de un faro seguro me habría divertido mucho apagándolo durante las tormentas. Jo.
Después bajamos a la playa y metimos las patas al golfo de St Lawrence. Nos dio frío.
La lupe entonces propuso que fuéramos a un lugar que se llama isla Lennox. Ahí habían vivido los mikmaq, los primeros habitantes de PEI. Fuimos y no hallamos a los mikmaq pero si a un chingo de mosquitos. Rebauticé a la isla Lennox como la isla del mosco y aventuré la hipótesis de los mikmaq se habían extinguido devorados por los mosquitos.
Al otro día regresamos a la región de Cavendish a que la lupe terminara de ver los sitios donde nació, creció y escribió Lucy Maud Montgomery. Una de las recomendaciones que hacen los canadienses al visitante de esos parajes bucólicos es que uno use su imaginación. Hice caso a lo que me decían pero en vez de imaginarme las historias de Lucy Maud Montgomery nomás pude visualizar que detrás de cada árbol había agazapado un isleño con máscara de hockey y machete.
Pasamos por Charlottetown a comer y a mirar la Casa de la Provincia, donde se sentaron en 1864 un montón de señores y después de mucho comer, beber y discutir decidieron que era buena idea formar la Confereración Canadiense.
Eso de la confederación nos recordó que hacia el sur había un puente -el Puente de la Conferación- famoso por ser el más largo construido sobre aguas congeladas. En verano las famosas aguas no tienen nada de congelado pero el puente aún así es impresionante. En el camino paramos por otro pueblito llamado Victoria donde hacen chocolate. Me recordó al que sirven en el azul y oro de la UNAM.
El último día que pasamos en PEI había que regresar el coche, en Charlottetown. Pudimos ver un embotellamiento canadiense pues el centro de Charlottetown estaba cerrado por el desfile de verano. Dejamos el coche y arrastramos las maletas hasta el B&B del centro. Luego nos dispusimos a ver el desfile. Muchas gaitas, muchos globos y muchos himnos de asociaciones religiosas desfilaron, pero no ví que desfilara la Asociación Escéptica de la Isla Príncipe Eduardo.
Y ya. Comimos, caminamos por un parque genial que se llama Parque Victoria, contemplamos una casa antigua y famosa que parece de terror que se llama Beaconsfield y vimos irse por la bahía a un carguero petrolero mientras nos enfrentábamos a la idea de regresar.
III
Escribía Lucy Maud Montgomery -la escritora por la que la PEI es famosa en medio mundo- que la Isla Principe Eduardo es el lugar más bonito del mundo. Cuando leí eso yo lo atribuí a un provinicialismo enternecedor que seguro se habría curado la autora de haber viajado más lejos y más seguido.
Estaba yo en un error pues PEI en verano es uno de los mejores lugares en los que uno puede estar.
pd. Fotos en la próxima bosta.
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miércoles, 13 de agosto de 2008
Isla Principe Eduardo vol I
(reportando desde Summerside, PEI).
Hasta hace poco si alguien mentaba la Isla Príncipe Eduardo yo pensaba en la montaña fortaleza del malo en Krull: un pedazo de tierra que un día amanecía en un lugar y otro día en otro. Por el nombre me sonaba perteneciente a la commonwealth y creía que estaba por la India, o en Nueva Zelanda y o que era un islote en medio de algún lago escocés.
La Isla Príncipe Eduardo está en el Golfo del Río Saint Lawrence en la costa atlántica de Canadá (en ese río estuve metiendo las patas hace 3 años). Para mayor referencia geográfica a los que por hueva no quieran darle vueltas al globo en google earth, menciono que si se tiran de cabeza al río en Quebec puede que desemboquen en ese golfo y choquen con la isla.
Ahí estamos pasando la lupe y yo nuestras vacaciones. No digo luna de miel porque desde que pisamos tierra en estas latitudes no he visto la luna pero si muchas nubes.
Los isleños con los que hemos tenido contacto nos han hecho la misma pregunta que seguramente se hacen uds, avezados lectores, ¿qué putas hacen dos mexicanos en la isla Principe Eduardo (PEI de aquí en adelante)?
Para responder a esa pregunta yo suelo señalar a la lupe a la vez que menciono su fascinación por una autora que se llama Lucy Maud Montgomery y su libro Anne of Green Gables, que es la primera novela que escribió. Los nativos asienten y aplauden. Pero para los lectores mexicas que no sepan de qué hablo, va una explicación extra.
La acción en los libros de Lucy Maud Montgomery ocurre principalmente en PEI. La lupe (lo mismo que fans de todo Canada y Japón -hasta anime hay-) decidió venir a mirar los lugares donde su autora favorita se inspiró y donde puso a dar de brincos a sus personajes. Esta es una visita alentada por las oficinas de turismo del gobierno canadiense que a su vez destina muchos recursos a preservar y divulgar a sus autores nacionales.
Es como si el gobierno de la cd de México y el de Guanajuato se juntaran (jojo) y convencieran a Joy Laville de que les permitiera hacer réplicas de los cuadernos de Jorge Ibargüengoitia y los pusieran en una exposición permanente en la casa en la que vivió en Coyoacán (jojojojo) junto con su pañuelo de escultismo y sus alpargatas con las que iba a pedir dinero prestado al banco.
Ahora bien, sé que las autoridades mexicanas jamás van a dedicar un peso a un museo con una exposición permanente de esas características (y sí eso ocurriera nomás iriamos a verla cuatro mexicanos), por lo tanto decidí acompañar a la lupe a ver memoriales permanentes y bien montados de su autora favorita.
Para llegar a PEI desde México hay que tomar un avión de Air Canada. Es más barato que uno de Mexicana o Aeromexico. Primero hay que llegar a Montreal o Toronto (los vuelos los domingos temprano son más baratos) y luego ahi se puede hacer una conexión a Charlottetown que es la capital de PEI.
Aquí la gente es muy amable y está muy orgullosa -con razón- de los paisajes de su isla, además de lo de la mentada L. M. Montgomery. A los visitantes los tratan muy bien. La isla tiene una decima parte de la cantidad de habitantes que tiene la delegación Cuauhtemos nomás que repartidos en un área diez veces mayor. Lo cual ha de contribuir a su amabilidad.
Llegamos casi a medianoche a Charlottetown el domingo y nos hospedamos en un Bed & Breakfast que la lupe reservó por dos noches. Al día siguiente la dueña del B&B, una isleña amabilísima, nos dió los muffins más sabrosos que he probado y nos explicó cómo caminar hasta el lugar donde ya teníamos un tour reservado.
El conductor del tour se entusiasmó cuando supo que éramos mexicanos.
- Son los primeros que vienen este verano – nos dijo.
Abordamos su camioneta y junto con unos güeros de Ottawa, unas chinas de Boston, unos pareja de paquistanís de Toronto y una tatuada de Londres nos paseamos todo el día por lugares de prosapia escocesa/inglesa: Cavendish, New Glasgow, New London mientras eramos bombardeados con historia, geografía e industria de la isla.
Dave, el conductor, nos llevó a un lugar que se llama Rustico North y nos entretuvo platicándonos sobre las trampas de las langostas. A mí lo que me gustó más de esa sesión informativa fue cómo hacer para zamparse una langosta de tres mordidas.
En Cavendish vimos la casa-granja donde creció la autora favorita de la lupe. Los canadienses, muy listos, la remodelaron de acuerdo a las descripciones en Anne of Green Gables y sus demás libros. El fan de la obra queda pues encantado (de nuevo para los mexicas ibarguengoitianos es como si uno fuera a Guanajuato a ver la casa donde nació Jorge Ibargüengoitia convertida en el putero de las Baladro mientras va admirando durante el camino los huizachales de la región).
Cerca de New London una descendienta de una prima de la autora nos dejó mirar entre otras cosas la envoltura de un dulce que L M. Montgomery se comió en su casa (exagero pero el material expuesto ahí, excepto por tres piezas, no era más interesante que lo que miramos en Cavendish).
En New Glasgow comimos un pay de papa. Rarísimo pero muy sabroso. Acá en en primavera y verano se dedican a sembrar, cosechar y cocinar papas, preparar conservas y pescar langostas y mussles. Mirar a tanta gente trabajadora e industriosa provoca hambre.
Y en la costa contemplamos un acantilado rojo como el tezontle mientras mirábamos al mar erosionar la isla que consiste en su mayor parte de arena rica en hierro -de ahí lo rojo-. Cada año pierde metro y medio aproximadamente. Si van a visitarla procuren hacerlo antes que trancurra un millón de años.
Cuando regresamos a Charlottetown el conductor del tour volvió a entusiasmarse cuando se enteró que la lupe tenía boletos para ir a ver Anne of Green Gables The Musical (yo en cambio quedé consternado cuando me enteré que había musical) y me dió una palmada de felicitación por haber traido a la lupe a la tierra de su autora favorita.
No quise explicarle que yo hubiera preferído ver Estas ruinas que vez, el musical.
Fuimos a ver el mentado musical del cual puedo decir que le encontré dos cosas notables: a) tiene un tour en el backstage para que uno se entere de los aspectos más interesante de producción de esta obra que dicen que compite con The Fantastics en Londres por ver quien tiene más representaciones efectuadas, y b) sirvió para quitarme el cansancio del tour pues me quedé dormido durante la primera parte.
A la mañana siguiente nos despedimos de nuestra casera en Charlottetown y abordamos un coche rentado, en el cual la lupe abrazando el volante y yo un mapa de la isla, llegamos a Summerside. Encontramos una cabaña que decía Visitor Information Center y después de algunas llamadas ya habíamos encontrado otro B&B que nos alojara.
Dejamos las maletas en un cuarto que tenía una cama como en la que ha de haber pasado su última noche María Estuardo -el de Charlottetown parecía de rosita fresita- y salimos a caminar por la marina. Vimos los tres botes de los que se compone la flota del lugar, pudimos contemplar una playa roja, el museo de la antigua industria de la cola de zorro plateado y un supermercado. Justo cuando pensamos que habíamos agotado en dos patadas lo que podía ofrecer Summerside, comenzó a llover y creímos que el día se nos había echado a perder. Se compuso cuando nos secamos y fuimos a comer una langosta que le debía a la lupe por una apuesta que perdí muy pendejamente en una trivia de Jorge Ibargüengoitia (por eso me he acordado de él).
Durante la comida se quitaron las nubes y pudimos contemplar el sol poniéndose en el golfo Saint Lawrence, que es uno de los lugares más apacibles que existen (chale se me están pegando los montogmeryismos de la lupe y de los isleños).
Hoy planeamos subir hasta un lugar que se llama North Cape. Voy temeroso de que con mis habilidades de navegación terminemos en Inglaterra.
Hasta hace poco si alguien mentaba la Isla Príncipe Eduardo yo pensaba en la montaña fortaleza del malo en Krull: un pedazo de tierra que un día amanecía en un lugar y otro día en otro. Por el nombre me sonaba perteneciente a la commonwealth y creía que estaba por la India, o en Nueva Zelanda y o que era un islote en medio de algún lago escocés.
La Isla Príncipe Eduardo está en el Golfo del Río Saint Lawrence en la costa atlántica de Canadá (en ese río estuve metiendo las patas hace 3 años). Para mayor referencia geográfica a los que por hueva no quieran darle vueltas al globo en google earth, menciono que si se tiran de cabeza al río en Quebec puede que desemboquen en ese golfo y choquen con la isla.
Ahí estamos pasando la lupe y yo nuestras vacaciones. No digo luna de miel porque desde que pisamos tierra en estas latitudes no he visto la luna pero si muchas nubes.
Los isleños con los que hemos tenido contacto nos han hecho la misma pregunta que seguramente se hacen uds, avezados lectores, ¿qué putas hacen dos mexicanos en la isla Principe Eduardo (PEI de aquí en adelante)?
Para responder a esa pregunta yo suelo señalar a la lupe a la vez que menciono su fascinación por una autora que se llama Lucy Maud Montgomery y su libro Anne of Green Gables, que es la primera novela que escribió. Los nativos asienten y aplauden. Pero para los lectores mexicas que no sepan de qué hablo, va una explicación extra.
La acción en los libros de Lucy Maud Montgomery ocurre principalmente en PEI. La lupe (lo mismo que fans de todo Canada y Japón -hasta anime hay-) decidió venir a mirar los lugares donde su autora favorita se inspiró y donde puso a dar de brincos a sus personajes. Esta es una visita alentada por las oficinas de turismo del gobierno canadiense que a su vez destina muchos recursos a preservar y divulgar a sus autores nacionales.
Es como si el gobierno de la cd de México y el de Guanajuato se juntaran (jojo) y convencieran a Joy Laville de que les permitiera hacer réplicas de los cuadernos de Jorge Ibargüengoitia y los pusieran en una exposición permanente en la casa en la que vivió en Coyoacán (jojojojo) junto con su pañuelo de escultismo y sus alpargatas con las que iba a pedir dinero prestado al banco.
Ahora bien, sé que las autoridades mexicanas jamás van a dedicar un peso a un museo con una exposición permanente de esas características (y sí eso ocurriera nomás iriamos a verla cuatro mexicanos), por lo tanto decidí acompañar a la lupe a ver memoriales permanentes y bien montados de su autora favorita.
Para llegar a PEI desde México hay que tomar un avión de Air Canada. Es más barato que uno de Mexicana o Aeromexico. Primero hay que llegar a Montreal o Toronto (los vuelos los domingos temprano son más baratos) y luego ahi se puede hacer una conexión a Charlottetown que es la capital de PEI.
Aquí la gente es muy amable y está muy orgullosa -con razón- de los paisajes de su isla, además de lo de la mentada L. M. Montgomery. A los visitantes los tratan muy bien. La isla tiene una decima parte de la cantidad de habitantes que tiene la delegación Cuauhtemos nomás que repartidos en un área diez veces mayor. Lo cual ha de contribuir a su amabilidad.
Llegamos casi a medianoche a Charlottetown el domingo y nos hospedamos en un Bed & Breakfast que la lupe reservó por dos noches. Al día siguiente la dueña del B&B, una isleña amabilísima, nos dió los muffins más sabrosos que he probado y nos explicó cómo caminar hasta el lugar donde ya teníamos un tour reservado.
El conductor del tour se entusiasmó cuando supo que éramos mexicanos.
- Son los primeros que vienen este verano – nos dijo.
Abordamos su camioneta y junto con unos güeros de Ottawa, unas chinas de Boston, unos pareja de paquistanís de Toronto y una tatuada de Londres nos paseamos todo el día por lugares de prosapia escocesa/inglesa: Cavendish, New Glasgow, New London mientras eramos bombardeados con historia, geografía e industria de la isla.
Dave, el conductor, nos llevó a un lugar que se llama Rustico North y nos entretuvo platicándonos sobre las trampas de las langostas. A mí lo que me gustó más de esa sesión informativa fue cómo hacer para zamparse una langosta de tres mordidas.
En Cavendish vimos la casa-granja donde creció la autora favorita de la lupe. Los canadienses, muy listos, la remodelaron de acuerdo a las descripciones en Anne of Green Gables y sus demás libros. El fan de la obra queda pues encantado (de nuevo para los mexicas ibarguengoitianos es como si uno fuera a Guanajuato a ver la casa donde nació Jorge Ibargüengoitia convertida en el putero de las Baladro mientras va admirando durante el camino los huizachales de la región).
Cerca de New London una descendienta de una prima de la autora nos dejó mirar entre otras cosas la envoltura de un dulce que L M. Montgomery se comió en su casa (exagero pero el material expuesto ahí, excepto por tres piezas, no era más interesante que lo que miramos en Cavendish).
En New Glasgow comimos un pay de papa. Rarísimo pero muy sabroso. Acá en en primavera y verano se dedican a sembrar, cosechar y cocinar papas, preparar conservas y pescar langostas y mussles. Mirar a tanta gente trabajadora e industriosa provoca hambre.
Y en la costa contemplamos un acantilado rojo como el tezontle mientras mirábamos al mar erosionar la isla que consiste en su mayor parte de arena rica en hierro -de ahí lo rojo-. Cada año pierde metro y medio aproximadamente. Si van a visitarla procuren hacerlo antes que trancurra un millón de años.
Cuando regresamos a Charlottetown el conductor del tour volvió a entusiasmarse cuando se enteró que la lupe tenía boletos para ir a ver Anne of Green Gables The Musical (yo en cambio quedé consternado cuando me enteré que había musical) y me dió una palmada de felicitación por haber traido a la lupe a la tierra de su autora favorita.
No quise explicarle que yo hubiera preferído ver Estas ruinas que vez, el musical.
Fuimos a ver el mentado musical del cual puedo decir que le encontré dos cosas notables: a) tiene un tour en el backstage para que uno se entere de los aspectos más interesante de producción de esta obra que dicen que compite con The Fantastics en Londres por ver quien tiene más representaciones efectuadas, y b) sirvió para quitarme el cansancio del tour pues me quedé dormido durante la primera parte.
A la mañana siguiente nos despedimos de nuestra casera en Charlottetown y abordamos un coche rentado, en el cual la lupe abrazando el volante y yo un mapa de la isla, llegamos a Summerside. Encontramos una cabaña que decía Visitor Information Center y después de algunas llamadas ya habíamos encontrado otro B&B que nos alojara.
Dejamos las maletas en un cuarto que tenía una cama como en la que ha de haber pasado su última noche María Estuardo -el de Charlottetown parecía de rosita fresita- y salimos a caminar por la marina. Vimos los tres botes de los que se compone la flota del lugar, pudimos contemplar una playa roja, el museo de la antigua industria de la cola de zorro plateado y un supermercado. Justo cuando pensamos que habíamos agotado en dos patadas lo que podía ofrecer Summerside, comenzó a llover y creímos que el día se nos había echado a perder. Se compuso cuando nos secamos y fuimos a comer una langosta que le debía a la lupe por una apuesta que perdí muy pendejamente en una trivia de Jorge Ibargüengoitia (por eso me he acordado de él).
Durante la comida se quitaron las nubes y pudimos contemplar el sol poniéndose en el golfo Saint Lawrence, que es uno de los lugares más apacibles que existen (chale se me están pegando los montogmeryismos de la lupe y de los isleños).
Hoy planeamos subir hasta un lugar que se llama North Cape. Voy temeroso de que con mis habilidades de navegación terminemos en Inglaterra.
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domingo, 10 de agosto de 2008
Pues ya me casé
Ayer me desperté temprano. Hay quien pensaba que tanto madrugar lo iba a ocupar yo para ir a la iglesia a pedir a personajes ficticios que me fuera bien en esta nueva etapa de mi vida y etcétera. Pero quien creyera eso estaba en un error. A mí me va muy bien (incluso en medio de ruina, muerte y destrucción) y sin que intervenga diosito.
No. Me levanté a matar zombies. Me hubiera seguido así todo el día si no suena el teléfono.
- ¿No te has escapado? - era mi carnala.
- ¿Que se puede uno escapar? Hubieras llamado antes.
Me dispuse a prepararme. Media hora después estaba ya trepado en el coche de mi hermana y mi cuñado que eran los encargados de transportar al novio hasta el lugar donde perdería (otra vez) la soltería.
- ¿Estás nervioso? - me preguntaron por la San Rafael.
Reflexioné y respondí.
- Sí – pero la sensación desapareció mientras cruzábamos Reforma.
Llegamos al Mazurka cerca de la mole del WTC, uno de los mejores lugares que hay para casarse en la ciudad y comer (el Mazurka no el WTC). También se puede ir a hacer lo último sin que ocurra lo primero.
Mis papás, mi carnal y mi hija ya habían llegado. Esperamos al resto de la parentela de la lupe. Cuando la lupe llegó recibió aplausos y abrazos. Tantos que no podía yo acercarme a ella. Mis temores de toda la semana de que llegara la familia y nos encontraran ya casados, comidos y bebidos se desvanecieron.
Nos dieron regalos. Como todos los asistentes ya saben que no me gusta cargar, nomás me daban sobrecitos. Espero que traigan dinero y no tarjetas de Hallmark, pensaba cuando los recibía.
Sacaron cámaras y nos tomaron algunas decenas de fotos. Para cuando llegó el juez ya estaba yo ciego de tanto flashazo.
Comenzó la ceremonia, que es benditamente laica. La lupe me entregó la cajita de los anillos y volví a ser por un rato El señor de los Anillos. Con un "sí" que tartamudeé como respuesta a una pregunta del juez y cuatro firmas me convertí en el esposo de la lupe.
Me preguntaba un lector cómo estaba tomando mi hija lo de la boda. Lo estaba tomando muy bien hasta este punto. Cuando comenzó el intercambio de abrazos se puso tristísima porque vió mi boda con la lupe como la lápida que cayó sobre la posibilidad (existente nomás en la cabeza de mi hija) de que su mamá y yo estuviéramos juntos otra vez. Pero para cuando sirvieron el plato fuerte ya se había repuesto. Constanza es chida y ella y la lupe se quieren mucho.
El maitré que se merece un premio, nos iba describiendo los platos que nos estaban poniendo en frente. Aquí va una porra al Mazurka.
Cocinan muy bien y el menú -que han servido desde hace 30 años entre aplausos- fue el siguiente: como entrada crepa de arenque con pepinos en salsa de eneldo, sopa de hongos secos (está fuerte para ñoños pero los que tenemos el paladar robusto la hallamos buenísima), de plato principal pato entre manzanas horneadas (exquisito, como lo preparan en el Mazurka está entre los cinco platillos más sabrosos que me he zampado en toda mi vida) y una crepa de queso bañada en salsa de blueberry. Todo regadito con un vino muy bueno.
Caro que fue a acompañarnos y a sacarnos fotos mandó al carajo la dieta por esa tarde, pero dice que lo valió.
En el Mazurka se estila servir antes de comer un vodka sabrosísimo que se llama Zubrowka. Pedimos dos botellas para el brindis al final de la comida. La razón por la que brindamos hasta el final es porque es tan fuerte que con dos onzas todo mundo ya anda pedo. De hecho estas líneas las estoy escribiendo bajo los efectos de la cruda que me provocó tomarme cinco onzas de esa bebida (dos onzas es como un caballito servido al tope).
Cantó una prima de la lupe y los comensales del piso de abajo aplaudieron. Repartimos los recuerdos que hizo la lupe. Consistían en unos minihuacalitos rellenos de chocolates de una tienda vecina de Jorge Ibargüengoitia allá en Coyoacán. La lupe le agregó un separador con un poema de Lucy Maud Montgomery que tuve que componer pues -por las barbas de Darwin- tenía un verso que usaba la palabra alma.
Platicamos, bebimos y estuvimos muy a gusto. Los parientes se despidieron de nosotros entre abrazos intercambiados con distintos grados de embriaguez y muchos buenos deseos.
Y ya. Pagamos la cuenta y nos fuimos a quitarnos los disfraces primero y luego al aeropuerto.
Actualización: Caro sacó esta foto en la que logró lo que yo creía imposible. Que dos personas horribles se vieran bien.

No. Me levanté a matar zombies. Me hubiera seguido así todo el día si no suena el teléfono.
- ¿No te has escapado? - era mi carnala.
- ¿Que se puede uno escapar? Hubieras llamado antes.
Me dispuse a prepararme. Media hora después estaba ya trepado en el coche de mi hermana y mi cuñado que eran los encargados de transportar al novio hasta el lugar donde perdería (otra vez) la soltería.
- ¿Estás nervioso? - me preguntaron por la San Rafael.
Reflexioné y respondí.
- Sí – pero la sensación desapareció mientras cruzábamos Reforma.
Llegamos al Mazurka cerca de la mole del WTC, uno de los mejores lugares que hay para casarse en la ciudad y comer (el Mazurka no el WTC). También se puede ir a hacer lo último sin que ocurra lo primero.
Mis papás, mi carnal y mi hija ya habían llegado. Esperamos al resto de la parentela de la lupe. Cuando la lupe llegó recibió aplausos y abrazos. Tantos que no podía yo acercarme a ella. Mis temores de toda la semana de que llegara la familia y nos encontraran ya casados, comidos y bebidos se desvanecieron.
Nos dieron regalos. Como todos los asistentes ya saben que no me gusta cargar, nomás me daban sobrecitos. Espero que traigan dinero y no tarjetas de Hallmark, pensaba cuando los recibía.
Sacaron cámaras y nos tomaron algunas decenas de fotos. Para cuando llegó el juez ya estaba yo ciego de tanto flashazo.
Comenzó la ceremonia, que es benditamente laica. La lupe me entregó la cajita de los anillos y volví a ser por un rato El señor de los Anillos. Con un "sí" que tartamudeé como respuesta a una pregunta del juez y cuatro firmas me convertí en el esposo de la lupe.
Me preguntaba un lector cómo estaba tomando mi hija lo de la boda. Lo estaba tomando muy bien hasta este punto. Cuando comenzó el intercambio de abrazos se puso tristísima porque vió mi boda con la lupe como la lápida que cayó sobre la posibilidad (existente nomás en la cabeza de mi hija) de que su mamá y yo estuviéramos juntos otra vez. Pero para cuando sirvieron el plato fuerte ya se había repuesto. Constanza es chida y ella y la lupe se quieren mucho.
El maitré que se merece un premio, nos iba describiendo los platos que nos estaban poniendo en frente. Aquí va una porra al Mazurka.
Cocinan muy bien y el menú -que han servido desde hace 30 años entre aplausos- fue el siguiente: como entrada crepa de arenque con pepinos en salsa de eneldo, sopa de hongos secos (está fuerte para ñoños pero los que tenemos el paladar robusto la hallamos buenísima), de plato principal pato entre manzanas horneadas (exquisito, como lo preparan en el Mazurka está entre los cinco platillos más sabrosos que me he zampado en toda mi vida) y una crepa de queso bañada en salsa de blueberry. Todo regadito con un vino muy bueno.
Caro que fue a acompañarnos y a sacarnos fotos mandó al carajo la dieta por esa tarde, pero dice que lo valió.
En el Mazurka se estila servir antes de comer un vodka sabrosísimo que se llama Zubrowka. Pedimos dos botellas para el brindis al final de la comida. La razón por la que brindamos hasta el final es porque es tan fuerte que con dos onzas todo mundo ya anda pedo. De hecho estas líneas las estoy escribiendo bajo los efectos de la cruda que me provocó tomarme cinco onzas de esa bebida (dos onzas es como un caballito servido al tope).
Cantó una prima de la lupe y los comensales del piso de abajo aplaudieron. Repartimos los recuerdos que hizo la lupe. Consistían en unos minihuacalitos rellenos de chocolates de una tienda vecina de Jorge Ibargüengoitia allá en Coyoacán. La lupe le agregó un separador con un poema de Lucy Maud Montgomery que tuve que componer pues -por las barbas de Darwin- tenía un verso que usaba la palabra alma.
Platicamos, bebimos y estuvimos muy a gusto. Los parientes se despidieron de nosotros entre abrazos intercambiados con distintos grados de embriaguez y muchos buenos deseos.
Y ya. Pagamos la cuenta y nos fuimos a quitarnos los disfraces primero y luego al aeropuerto.
Actualización: Caro sacó esta foto en la que logró lo que yo creía imposible. Que dos personas horribles se vieran bien.

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viernes, 8 de agosto de 2008
Mañana me caso con la lupe
Los preliminares de las bodas -sobre todo cuando son las mías (con esta va la segunda)- son muy desconcertantes.
He aquí algunos de esos preliminares.
1. "Están rompiendo las tradiciones de dos familias", nos reclamaron a la lupe y a mí por no casarnos por la santa iglesia apostólica y romana mientras nos señalaban fotos de parientes muertos de grandes virtudes católicas. Yo, en lugar de revirar enumerando las 987 tradiciones de mi familia que ya he roto como jarrón viejo y que no me interesa remendar, me distraje con la imagen mental zombie de parientes muertos dando vueltas en su tumba y me puse a contar los días que faltan para que ya esté a la venta el Resident Evil 5.
2. "¿Qué les hace falta?" nos preguntaron unos parientes. "Un Playstation 3" contesté yo. Se pitorrearon de mí y me dieron un pescado de membrillo de formas sospechosamente fálicas. Es decir, pura verga.
3. Una tía de la lupe, a la que admiro mucho por enfrentar calamidades con gran sentido del humor y aplomo, nos regaló un refrigerador. Cuando los de la mueblería lograron meterlo en la cocina diminuta me dí cuenta que parecía un ataúd con aire acondicionado. Cada vez que lo abro espero encontrarme a Drácula con gorro y bufanda.
4. La lupe se trajo sus mangas y los puso en el librero. Nomás hay 3 anaqueles de distancia entre mis batmans y candy candy.
5. Cada vez que me imagino las vacaciones que la lupe y yo vamos a tomar después de la boda, nomás consigo visualizarme hundido hasta las rodillas en una marisma canadiense rodeado de entusiastas lectores de la obra de Lucy Maude Montgomery.
pd. Además de desconcertado estoy contento. Todo lo contento que puede estar un escéptico contento.
He aquí algunos de esos preliminares.
1. "Están rompiendo las tradiciones de dos familias", nos reclamaron a la lupe y a mí por no casarnos por la santa iglesia apostólica y romana mientras nos señalaban fotos de parientes muertos de grandes virtudes católicas. Yo, en lugar de revirar enumerando las 987 tradiciones de mi familia que ya he roto como jarrón viejo y que no me interesa remendar, me distraje con la imagen mental zombie de parientes muertos dando vueltas en su tumba y me puse a contar los días que faltan para que ya esté a la venta el Resident Evil 5.
2. "¿Qué les hace falta?" nos preguntaron unos parientes. "Un Playstation 3" contesté yo. Se pitorrearon de mí y me dieron un pescado de membrillo de formas sospechosamente fálicas. Es decir, pura verga.
3. Una tía de la lupe, a la que admiro mucho por enfrentar calamidades con gran sentido del humor y aplomo, nos regaló un refrigerador. Cuando los de la mueblería lograron meterlo en la cocina diminuta me dí cuenta que parecía un ataúd con aire acondicionado. Cada vez que lo abro espero encontrarme a Drácula con gorro y bufanda.
4. La lupe se trajo sus mangas y los puso en el librero. Nomás hay 3 anaqueles de distancia entre mis batmans y candy candy.
5. Cada vez que me imagino las vacaciones que la lupe y yo vamos a tomar después de la boda, nomás consigo visualizarme hundido hasta las rodillas en una marisma canadiense rodeado de entusiastas lectores de la obra de Lucy Maude Montgomery.
pd. Además de desconcertado estoy contento. Todo lo contento que puede estar un escéptico contento.
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miércoles, 6 de agosto de 2008
The Long Walk
El del título es el nombre de un relato que Stephen King escribió bajo el seudónimo de Richard Bachman. Trata de unos pubertos que son elegidos para participar en un concurso (pongan atención productores de realities de "luminarias televisivas") que consiste -adivinaron- en caminar mucho. Las reglas son muy sencillas: si el caminante no va a 4 MPH al menos, o si recibe ayuda de los espectadores, o si le da una patada por el culo a otro caminante recibe una amonestación. Si el concursante logra caminar durante una hora sin juntar otra amonestación es borrón y cuenta nueva. Si junta más de 3 amonestaciones es descalificado y de premio de consolación recibe una reluciente bala en la choya.
Gana el que queda al último, pero eso no es lo importante ahora. Lo que importa es que al cabo de unos pocos días de falta de sueño y de caminar bajo la constante presión de morirse, los concursantes caen en un estado mental muy similar al de los asistentes a un informe de gobierno.
Así me sentía yo en enero pasado cuando fuí a caminar al ejido de Tlalmanalco con la lupe, Caro, Memo y más acompañantes.

Para llegar a Tlalmanalco salimos en coche de la ciudad un sábado temprano por la autopista de Puebla y nos desviamos rumbo a Amecameca. Antes de Amecameca hay un pueblo que se llama San Rafael. Ahí hay que meterse y preguntar por Dos Aguas o el camino a la Vieja Fábrica de Papel (así se pregunta, en mayúsculas).
Encontramos una casa donde dejar los coches y nos dispusimos a subir. De antemano había recibido advertencias alarmantes de que en las faldas del Iztaccihuatl en enero hace frío comparable al islandés, por lo tanto iba yo vestido para enfrentar la próxima era del hielo.
Esa precaución fue contraproducente como más adelante se verá.
Yo me considero buen caminante... urbano. Si el suelo está pavimentado puedo caminar indefinidamente. Si la decisión más compleja de ruta consiste en ver si meto el pie en un charco de agua de cochambre de puesto de tacos o en un charco de agua de coladera desbordada puedo caminar indefinidamente. Si cada 20 cuadras que recorro hay disponible un 7 eleven para surtirme de bastimentos diversos puedo caminar indefinidamente. Si el peligro más inminente durante una caminata es un energúmeno al volante o un asaltante que me llega al ombligo puedo andar indefinidamente.
Con esos antecedentes, entonces, creía que podía yo subir caminando cualquier cerro polvoriento.
Estaba yo en un error.
Comenzamos a caminar. Medí a ojo la pendiente por la que subíamos y me dije que no habría problema. Estaba aún resonando en mi cabeza mi optimismo cuando nos encontramos frente un vetusto tubo de metal de aproximadamente un metro de diametro que subía por una parte muy escarpada del cerro.
- Por aquí vamos a subir – me anunciaron.
- ¿Por el tubo?
- Sí.
- Ah chinga. Ni que fuera yo teibolera.
Nadie oyó mis protestas y comenzamos a trepar. Al cabo de 20 pasos, la lupe estaba morada y yo ya me había deshidratado por ir vestido como esquimal. Sin embargo continuamos subiendo. Pensando que en pocos minutos pasaría lo más pesado de la cuesta.
Una hora después continuábamos afanándonos por subir.
Dos horas después continuábamos afanándonos por subir.
Tres horas después continuábamos afanándonos por subir.
Cuatro horas después esperábamos que alguien pusiera fin a la ordalía pegándonos un balazo.
Cuando ya estábamos a punto de echarnos a llorar, llegamos a un punto de reunión que se llama Nexcolango. Ahí hallamos a los del grupo muy frescos, desayunando quesadillas y dispuestos a seguir.
La lupe, yo y un flickero más urbano que nosotros anunciamos que hasta ahí llegábamos y que otro día con más calmita los acompañábamos.
Nos despedimos y comimos mientras contemplábamos el Izta. Ya que sentimos de nuevo las piernas emprendimos el regreso.

Aquí debo confesar que estaba yo espantado. Dudaba que mi prodigiosa memoria sirviera de algo pues no puse atención al camino durante la subida y estaba seguro de que nos iba yo a perder.
Estaba considerando nuestro futuro funesto cuando una chava que ayudaba a su mamá a atender uno de los puestos de quesadillas nos preguntó si podía acompañarnos para bajar a San Rafael pues no quería hacer el camino sola.
- ¿Sabes cómo llegar? - pregunté.
- Sí.
Casi me tiro al suelo de rodillas para agradecerle.
La bajada fue más interesante que la subida en la que nomás íbamos concentrados en no caer muertos de cansancio. En la bajada íbamos concentrados en no partirnos ni una pata ni la choya contra alguna piedra.
Además nuestra guía nos contaba la historia de la vieja fábrica de papel y la vida cotidiana de los sanrafaelitas antiguos y contemporáneos. La plática sirvió para distraerme. Comprendí que buena parte de mi fatiga consistía en que ya estaba yo harto de mirar:




Y ya. Llegamos a donde dejamos el coche con los pies temblando y el ánimo igual al del que cruza un desierto y se encuentra un oasis. Agradecimos a nuestra guía – que las fuerzas de la evolución prevalezcan su progenie por los siglos de los siglos, amén- y volvimos a la ciudad.
pd. Como la lupe y yo somos necios y masoquistas, iremos de nuevo a Tlalmanalco... de preferencia cuando Slim les compre el Izta a los ejidatarios y ponga un teleférico.
Gana el que queda al último, pero eso no es lo importante ahora. Lo que importa es que al cabo de unos pocos días de falta de sueño y de caminar bajo la constante presión de morirse, los concursantes caen en un estado mental muy similar al de los asistentes a un informe de gobierno.
Así me sentía yo en enero pasado cuando fuí a caminar al ejido de Tlalmanalco con la lupe, Caro, Memo y más acompañantes.

Para llegar a Tlalmanalco salimos en coche de la ciudad un sábado temprano por la autopista de Puebla y nos desviamos rumbo a Amecameca. Antes de Amecameca hay un pueblo que se llama San Rafael. Ahí hay que meterse y preguntar por Dos Aguas o el camino a la Vieja Fábrica de Papel (así se pregunta, en mayúsculas).
Encontramos una casa donde dejar los coches y nos dispusimos a subir. De antemano había recibido advertencias alarmantes de que en las faldas del Iztaccihuatl en enero hace frío comparable al islandés, por lo tanto iba yo vestido para enfrentar la próxima era del hielo.
Esa precaución fue contraproducente como más adelante se verá.
Yo me considero buen caminante... urbano. Si el suelo está pavimentado puedo caminar indefinidamente. Si la decisión más compleja de ruta consiste en ver si meto el pie en un charco de agua de cochambre de puesto de tacos o en un charco de agua de coladera desbordada puedo caminar indefinidamente. Si cada 20 cuadras que recorro hay disponible un 7 eleven para surtirme de bastimentos diversos puedo caminar indefinidamente. Si el peligro más inminente durante una caminata es un energúmeno al volante o un asaltante que me llega al ombligo puedo andar indefinidamente.
Con esos antecedentes, entonces, creía que podía yo subir caminando cualquier cerro polvoriento.
Estaba yo en un error.
Comenzamos a caminar. Medí a ojo la pendiente por la que subíamos y me dije que no habría problema. Estaba aún resonando en mi cabeza mi optimismo cuando nos encontramos frente un vetusto tubo de metal de aproximadamente un metro de diametro que subía por una parte muy escarpada del cerro.
- Por aquí vamos a subir – me anunciaron.
- ¿Por el tubo?
- Sí.
- Ah chinga. Ni que fuera yo teibolera.
Nadie oyó mis protestas y comenzamos a trepar. Al cabo de 20 pasos, la lupe estaba morada y yo ya me había deshidratado por ir vestido como esquimal. Sin embargo continuamos subiendo. Pensando que en pocos minutos pasaría lo más pesado de la cuesta.
Una hora después continuábamos afanándonos por subir.
Dos horas después continuábamos afanándonos por subir.
Tres horas después continuábamos afanándonos por subir.
Cuatro horas después esperábamos que alguien pusiera fin a la ordalía pegándonos un balazo.
Cuando ya estábamos a punto de echarnos a llorar, llegamos a un punto de reunión que se llama Nexcolango. Ahí hallamos a los del grupo muy frescos, desayunando quesadillas y dispuestos a seguir.
La lupe, yo y un flickero más urbano que nosotros anunciamos que hasta ahí llegábamos y que otro día con más calmita los acompañábamos.
Nos despedimos y comimos mientras contemplábamos el Izta. Ya que sentimos de nuevo las piernas emprendimos el regreso.

¿No mamar, que se podía subir uno en camioneta?
Aquí debo confesar que estaba yo espantado. Dudaba que mi prodigiosa memoria sirviera de algo pues no puse atención al camino durante la subida y estaba seguro de que nos iba yo a perder.
Estaba considerando nuestro futuro funesto cuando una chava que ayudaba a su mamá a atender uno de los puestos de quesadillas nos preguntó si podía acompañarnos para bajar a San Rafael pues no quería hacer el camino sola.
- ¿Sabes cómo llegar? - pregunté.
- Sí.
Casi me tiro al suelo de rodillas para agradecerle.
La bajada fue más interesante que la subida en la que nomás íbamos concentrados en no caer muertos de cansancio. En la bajada íbamos concentrados en no partirnos ni una pata ni la choya contra alguna piedra.
Además nuestra guía nos contaba la historia de la vieja fábrica de papel y la vida cotidiana de los sanrafaelitas antiguos y contemporáneos. La plática sirvió para distraerme. Comprendí que buena parte de mi fatiga consistía en que ya estaba yo harto de mirar:

a) un árbol,

b) otro árbol,

c) un chingo de árboles,

d) y la camioneta de la bruja blair que por alguna razón ignota el flickero halló interesantísima y fotografió durante veinte minutos.
Y ya. Llegamos a donde dejamos el coche con los pies temblando y el ánimo igual al del que cruza un desierto y se encuentra un oasis. Agradecimos a nuestra guía – que las fuerzas de la evolución prevalezcan su progenie por los siglos de los siglos, amén- y volvimos a la ciudad.
pd. Como la lupe y yo somos necios y masoquistas, iremos de nuevo a Tlalmanalco... de preferencia cuando Slim les compre el Izta a los ejidatarios y ponga un teleférico.
lunes, 4 de agosto de 2008
La JREF estrena presidente
La James Randi Educational Foundation tiene presidente nuevo y se llama Phil Plait.
Dice Phil Plait en su blog:
Dice Phil Plait en su blog:
"...Y me cae que Phil Plait puede con esa tarea. No conozco a nadie que no aplauda cuando le doy a leer este discurso suyo.
Verán, James "The amazing" Randi ha sido siempre un héroe para mí.
Y, claro, no soy el único. En cada una de las conferencias de Randi, veo a gente aproximarse a él con timidez o boquiabiertos, o sólo, bueno, asombrados. Para decirle esto: Randi cambió sus vidas. Randi les enseñó cómo pensar por sí mismos. Randi les enseñó el mundo como es.
A mí me pasa igual. Ya he contado esta historia millones de veces: cuando estaba en preparatoria tenía una tele portátil en blanco y negro en la esquina de mi escritorio. Y me quedaba hasta tarde viendo a Carson (Johnny, no Daly). Una noche, Carson tenía como invitado a un chaparrito con una fantástica barba blanca. Pidió a un voluntario de la audiencia y lo acostó en una mesa. Entonces, mientras explicaba que esto era falso, comenzó a sacar "psíquicamente" de la panza del voluntario tejidos y sangre nomás usando un truco de manos (el video en youtube).
Yo estaba tumbado en el suelo de la risa. En esa época de mi vida yo era cliente fácil de muchísima pseudociencia: OVNIS, el Tríangulo de las Bermudas, un montón de basura. Ver a Randi en The Tonight Show me enseñó que todo esto es falso. O que la gente es facilmente engañada (voluntariamente o no). Empecé a ser más escéptico, y me volví un pensador crítico a medida que pasaba el tiempo. Ya tenía lo que se necesita, pero fue Randi el que me enseñó a usarlo.
En 1996, Randi comenzó la JREF, una fundación que le ayuda a ayudar a otros como a mí adolescente. Ha trabajado incansablemente por años para promover el pensamiento crítico y el escepticismo. Y para desbancar a los fraudulentos. Ha sido una inspiración.
En 2002 le mandé una copia de mi primer libro, pidiendo que escribiera un comentario para la cubierta. Lo hizo (¡fue genial!) y poco después me pidió que platicara en la primera conferencia escéptica que la JREF organizó en Florida. Acepté y dí mi plática sobre el Planeta X (justo horas después de que el Columbia se desintegrara sobre Texas).
Esa fue una plática difícil: echar porras a la NASA contra los conspiranóicos justo después de perder a esos astronautas. Pero me las arreglé, y Randi fue una gran apoyo diciendo que iba a ser un conferencista regular en esas reuniones.
Estaba en lo cierto. Estuve muy orgulloso de darle un reconocimiento en la última reunión en Junio, una copa llena de cientos de notas de los asistentes a la audiencia, cada una diciendo cómo fue que Randi cambió sus vidas.
Así que tenemos algo de historia. Pero aún con todo me quedé en shock cuando me llevó aparte, no hace mucho, y me pidió si quería continuar con su chamba. ¿Qué puede decir uno a eso? Él es Randi. Sólo hay una respuesta.
Acepté. No hay manera de que reemplace a Randi o que llene sus zapatos. O que sea, ya de perdida, moderadamente sorprendente. Ni lo voy a intentar. No necesito: él va a continuar con su trabajo en la JREF, sirviendo de guía a la Fundación como director. Hay un montón de Randi en la JREF y un montón de la JREF en Randi y no puede ser de otra forma.
Así que lo que voy a hacer es continuar con la misión de la JREF: educar al público. Tomarla contra los psíquicos, los anticientíficos, aquellos que dañan nuestro intelecto colectivo. Promover la ciencia real. Eso lo puedo hacer y eso es lo que voy a hacer. Es una promesa.
..."
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